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La adivinación: la videncia y las mancias

La prospección del avenir en la antigüedad

Desde que el ser humano existe, siempre ha buscado conocer el avenir. En la medida en que fue consciente de que ciertas acciones pueden cambiar el futuro, procuró determinar los momentos propicios para emprender una acción. Para ello busco descubrir ciertos signos que le dieran las pautas de lo que permitiera resolver mejor sus preocupaciones alimenticias, de salud, sentimentales, estratégicos, políticos… la adivinación se practicó desde tiempos anteriores a la memoria histórica.

La videncia es una forma de adivinación que ya estaba presente en las civilizaciones más antiguas. Se encuentra menciones de “videntes” (rishis) en los textos védicos más viejos. En la Grecia antigua, la posibilidad de predecir el futuro proviene de la idea de que los dioses, bajo ciertas condiciones, acordaban revelaciones sobre el futuro por intermedio de los augures. En la Roma antigua y hasta el siglo IV de nuestra era, los arúspices eran famosos por leer el avenir en el comportamiento de ciertos pájaros y a veces escrutando las entrañas de algún animal sacrificado a tal efecto. Este método de predicción era particularmente usado para juzgar los crímenes.

Marcus T. Cicerón distingue la videncia de las mancias

Marcus Ciceron

En la Roma antigua y hasta el siglo IV de nuestra era, los arúspices eran famosos por leer el avenir en el comportamiento yen las entrañas de los animales. Este método de predicción era particularmente usado para juzgar los crímenes. Ciceron en De divinatione pinta un cuadro bien acabado de las prácticas divinatorias de la época alrededor del año 45 a. JC):

“Según una antigua opinión que se remonta a los tiempos heroicos y tiene aun consentimiento en el pueblo romano y en todas las naciones, hay entre los hombres una cierta adivinación (μαντική en griego), es decir, un sentimiento, un conocimiento de las cosas futuras. Prerrogativa tan maravillosa que útil, si ella es real, por medio de la cual nuestra naturaleza corruptible se aproxima de muy cerca a la omnipotencia divina. Además, en esta ocasión, hemos encontrado para esta excelente facultad, un nombre derivado de los dioses, más adecuado que aquél con el cual la llaman los griegos que, según Platón, deriva de la palabra griega furor. Es cierto, al menos de lo que yo conozco, que no hay ningún pueblo, no importa cuál sea su grado de civilización y educación o de ferocidad y de barbarie, que no haya admitido la existencia de signos del futuro y la facultad de algunos hombres para entenderlos e interpretarlos. Volviendo a las antiguas tradiciones, vemos primero los asirios, habitantes de vastas llanuras desde donde pudieron ver todas las partes del cielo y un amplio horizonte, observar el curso y el paso de los astros, y atribuir a sus diversas revoluciones ciertas interpretaciones fielmente transmitidas a la posteridad.

Entre esos pueblos, los caldeos, así llamados porque habitaban Caldea y no por su profesión, siguiendo una observación asidua de los astros, crearon la ciencia que enseña a conocer el destino de los hombres, y para predecir el futuro de cada uno según el momento de su nacimiento. También se cree que los egipcios también habían adquirido con el tiempo el mismo arte, después de una serie innumerable de siglos. Los cilicios, los habitantes de Pisidia y sus vecinos de Panfilia, territorios a los cuales yo he administrado como procónsul, piensan que los signos más seguros para adivinar el futuro son el vuelo y el canto de los pájaros. ¿Alguna vez la Grecia envió colonos a Eolia, a Jonia, a Asia, a Sicilia o a Italia sin consultar antes el oráculo de Apolo Pythien, o el de Dodone o el de Jupiter Ammon? ¿Qué guerra se atrevía emprender sin el consejo de los dioses?” [3]

[1] Utilizamos la palabra mántica o mancia para traducir μαντική. Este término se encuentra como sufijo la mayoría de los nombres de métodos adivinatorios, por ejemplo, carto-mancia, quiro-mancia, etc.
[2] De divinatione es una de las últimas obras filosóficas de Cicerón. Alli se libra a una crítica metódica de argumentos a favor de la adivinación bajo la forma de un diálogo entre él y su hermano Quintus. Su redacción se situa en principios del año 44 a J.C. Se presenta como una continuación de De natura deorum, que a la vez tiene una continuación en De Fato, donde hay preocupaciones similares, pero que debido a su estado incompleto y su dificultad, hacen difícil su comprensión.
De divinatione se compone de dos libros que suponen contener una conversación entre Marcus Cicerón y su hermano Quinto. De hecho, se trata más bien de dos monólogos: Quintus expone sus razones para creer en la adivinación (Libro I) y Marcus defiende la opinión contraria (Libro II). Su estructura literaria es un poco rígida: los elementos del debate están dispersos en lugar de confrontarse uno a uno.
Los argumentos a favor de una u otra teoría provienen de las obras griegas sobre el tema. Quintus defiende la opinión de los estoicos y Marcus defiende la posición racionalista de la Academia. Pero los ejemplos proceden en su mayoría de la historia de Roma e incluso de la biografía personal de los intervinientes.
[3] Ciceron, De divinatione, Libro primero, I