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La adivinación en la antigua Roma

Los augures, los libros sibilinos y el extispicio

En la antigua Roma, la adivinación era una actividad que socialmente incumbía tanto a la esfera privada como a la pública, pero de maneras diferentes. En la vida privada los métodos de adivinación fueron numerosos, y eran practicados por adivinos itinerantes, profetas, magos, arúspices, augures, etc. La religión pública, en cambio, sólo reconocía tres formas de adivinación: la de los augures, la consulta de libros sibilinos y el extispicio.

El augur era un sacerdote que practicaba oficialmente la adivinación; existían desde la fundación de Roma, ejerciendo una práctica tomada de los griegos y los etruscos. Su corporación constituía uno de los cuatro prestigiosos (colegios sacerdotales de la antigua Roma (Los pontífices, los augures, quindecemviri y los epulones). Los augures descifraban la voluntad de los dioses a través del vuelo de las aves y el apetito de las gallinas sagradas.

sibila cumana

Los libros sibilinos

Los libros sibilinos eran colección de oráculos reunidos en tres libros considerados como propiedad del pueblo romano, y conservados en el templo de Júpiter, el señor de los signos. Contenían una serie de hexámeros griegos cuyo número no habría superado los tres mil. Estos libros habrían sido comprados a sibila cumana por el rey Tarquino el soberbio (535-509 a. JC), séptimo y último rey etrusco que fue sucedido por el advenimiento de la República romana. Tarquino, como otros reyes de la antigüedad, estaba interesado por los oráculos que le permitían una cierta prospección del futuro avenir. En general, los libros sibilinos eran consultados por los quindecemviri.

 

El extispicio

Los arúspices practicaban el extispicio (extispicium), que es una forma de adivinación que sucedía al sacrificio de un animal. Esta técnica propia del arte augural etrusco también se llama la aruspicina (del latín haruspicium) y consiste en el examen de las entrañas de un animal sacrificado para obtener presagios del futuro. Este tipo de consulta servía básicamente para comprobar si los dioses aceptan o no a la víctima que se les ofrece (litatio). Si los órganos internos (exta) estaban bien dispuestos en el cuerpo del animal, significaba que nada perturbaba la comunicación entre hombres y dioses, y que éstos no tenían ningún resentimiento hacia los seres humanos. Si, por el contrario, los órganos tenían ciertas anomalías, entonces los dioses rechazaban la donación. Los hombres, en este caso, intentaban hacerles cambiar de opinión, ofreciéndoles otras víctimas (institutatio).

Aunque a veces en la literatura latina, aparecen rituales de adivinación practicados para prevenir y anunciar la adversidad y la desgracia, en la vida cotidiana de Roma la adivinación no tenía una función de predicción o profecía. Los tres métodos de adivinación existentes tenían un rol de regulación de la relación entre los dioses y los hombres. Los auspicios de los augures eran utilizados para comprobar si los dioses daban su aprobación a una acción particular a realizar. La consulta de los libros sibilinos pretendía llenar una cesura en la armonía de las relaciones con los dioses. El extispicium era una especie de control continuo para corroborar si los dioses estaban siempre del lado de los romanos.

En la Roma antigua y hasta el siglo IV de nuestra era, los arúspices eran famosos por leer el avenir en el comportamiento de ciertos pájaros y a veces escrutando las entrañas de algún animal sacrificado a tal efecto. Este método de predicción era particularmente usado para juzgar los crímenes.

La palabra divinatio en el antiguo derecho romano

La palabra divinatio también fue utilizada de una manera especial por los romanos para designar un procedimiento en la aplicación de la ley, que requiere una explicación. Si, en el juicio de un caso, dos o más acusadores se presentaban contra un mismo individuo, el acusador principal era decidido por divinatio, y a él se unían el resto de los acusadores en tanto que suscriptores, formando así la accusatio que era presentada al infractor. A esta transacción (1), mediante la cual se seleccionaba a uno de varios acusadores para llevar a cabo la acusación se le llamaba “divinatio”. Allí la cuestión no trataba sobre los hechos en sí, sino sobre algo que se debía hacer para lo cual no había ni testimonios ni pruebas. Los judices que decidían esta cuestión, debían, por decirlo de alguna manera, adivinar el procedimiento o curso que debían tomar.

Notas:
1. Este juicio preliminar del magistrado se fundaba sobre todo en la dignidad y legitimidad para respaldar la acusación que presentaban tanto el acusador elegido como los suscriptores admitidos.